Bosque Urbano: un recreo verde en la Universidad Nacional de San Martín

Un grupo de estudiantes preocupados por el medio ambiente ocupó un rincón del Campus Miguelete para crear el BU (Bosque Urbano). Un gran vivero y parque de flora autóctona que da oxígeno a la universidad y sigue creciendo.

Por Alejandro Zamponi – Fotos: Alfredo Srur (Bosque Urbano)

Fuente: Noticias UNSAM

El cartel es tentador: “Bosque Urbano. Territorio Libre de Burmania”. El sendero de treinta metros conduce a un oasis verde y natural donde, a diferencia del resto de la UNSAM, los estudiantes son actores secundarios. En los 3200 m2 del BU, como lo bautizaron sus creadores, mandan los árboles, las flores, las abejas y los pájaros.
El Bosque Urbano está pegado al estacionamiento del Campus Miguelete, en la entrada de Martín de Irigoyen. La idea original fue de Teresa Pérez (28) y Carlos Duarte (27), estudiantes de la Licenciatura en Análisis Ambiental que en mayo de 2008 presentaron el proyecto. Compañeros en el Partido Comunista y en el Movimiento Territorial Liberación (MTL) que trabaja en la zona del río Reconquista, Teresa y Carlos entraron en la UNSAM con una perspectiva militante: además de formarse, querían a llevar su conocimiento a la acción. En tres meses formaron la agrupación Zoo y presentaron el proyecto del Bosque Urbano. “Teníamos la idea y nos enteramos del programa de voluntariado de la Secretaría de Políticas Universitarias (SPU) del Ministerio de Educación”, dice Carlos. La iniciativa fue aprobada rápidamente. Tenía todo lo que la SPU busca: reforzar la función social de la universidad e integrar el conocimiento generado en las aulas con los problemas más urgentes del país.
A fines de 2008 todo estaba listo: la universidad les dio una parte del estacionamiento y empezaron a trabajar. “Cuando llegamos estaban sólo las dos tipas y el piso cubierto por piedritas, pasto y sorgo de Alepo, una gramínea invasiva que todavía estamos combatiendo”, dice Carlos. Lo primero fue construir “el domo geodésico”, un invernadero que ocupa el centro del terreno y ya es el símbolo del BU. Después vino el trabajo de hormiga: la búsqueda constante de plantas nativas. En estos tres años, con la colaboración de otros estudiantes y en una travesía que los llevó por viveros y siete reservas naturales de la provincia de Buenos Aires (Martín García, Ribera Norte y Punta Lara, entre otras), recolectaron las 85 especies que hoy crecen en Burmania. Las organizaron siguiendo un diseño que diferencia regiones y ambientes: hay un estanque, un pastizal, una huerta, un espinal, una estructura de enredaderas y hasta colmenas.
Para toda esa tarea sumaron a dos compañeros del MTL, José Attianese (57) y Ramón Márquez (60). José, entonces estudiante de Antropología y ahora de Historia, era el único con experiencia en el activismo ambiental: había plantado tres mil árboles con la organización Salvar la Tierra. Ramón nunca había participado de una iniciativa ecológica, pero su infancia como huertero en Entre Ríos lo convirtió en pieza clave del proyecto.
“La intención es usarlo como laboratorio vivo para la educación ambiental de chicos de escuelas y barrios de la zona. Pero también que sea un paseo, un espacio donde disfrutar de la naturaleza”, explican los creadores del BU. Para eso pusieron mesas, bancos de material, dos trapecios y hasta algunas obras de arte.
“Somos quince estudiantes que nos organizamos para cuidar y conservar el lugar. Todo el tiempo se suman chicos y chicas de otras carreras, que vienen a tomar mate y conversar un rato o a estudiar”, dice Carolina Pedelacq (25), casi licenciada en Análisis Ambiental, consejera estudiantil y una de las primeras colaboradoras del Bosque Urbano de la UNSAM. Junto con Jonatan Hojman (21), Anna Jonquel (21) y otros diez estudiantes, forma parte del núcleo pionero y estable de Zoo.
Hoy el BU es parte de la identidad de la universidad. Pero además es el disparador de nuevas iniciativas que lo enriquecen: Cobijo, un bachillerato popular que funciona en Loma Hermosa, construido con ladrillos de barro, estructura de madera y techo verde; Diseño, que funciona como fusión entre BU y Cobijo; y los más recientes Germinador Urbano, que es una biblioteca de educación ambiental, y Energía Urbana, grupo que trabaja en el desarrollo de energías alternativas. Esos proyectos también nacieron en el marco del programa de voluntariado de la SPU, que se va renovando año tras año. “El BU fue la semilla”, dice Carlos. “Después fue un árbol y ahora es un bosque, porque se va diversificando, se multiplica y crece sin parar para seguir cultivando la conciencia ambiental y social”.
San Martín en clave verde
Después de proyectar y concretar el Bosque Urbano, el Grupo Zoo fue por más: en 2009 le propusieron a la Municipalidad de San Martín formar promotoras ambientales para trabajar en la zona del Reconquista. “La idea es crear trabajo digno y llegar a los barrios con información que produzca conciencia y cambios”, dice Carlos.
La firma de un convenio entre la UNSAM y el municipio puso en marcha la Campaña de Educación Ambiental y Separación en Origen de Residuos. Las promotoras, veinte mujeres de las cooperativas creadas por el MTL en el marco del Programa Argentina Trabaja, se formaron en la universidad,  en el BU y en las aulas del edificio Tornavía. Allí recibieron clases prácticas y teóricas de medio ambiente, ecología, reciclaje, contaminación y hasta fotosíntesis.
Hoy Villa Maipú, San Andrés y doscientas manzanas de Villa Ballester participan de la campaña. Martes y jueves dos camiones recolectan residuos secos de 11 a 17 y los llevan a la Cooperativa Ecomayo, un centro comunitario donde funciona una planta de separación. Ecomayo queda en 8 de Mayo, un barrio surgido a fines de los ’90 sobre el basural, y está dirigida por Lorena Pastoriza.
“Empezamos con una consigna ambiental, pero a medida que avanzamos fuimos conociendo la problemática de la basura en San Martín”, dice Carlos. “En el área del Reconquista las personas viven sobre y de la basura. Para ellos es un recurso. Por eso no les sensibilizaba que dijéramos que desaparece una especie cada 20 minutos. Lo que funcionó fue decirles que la basura podía generar trabajo digno para muchos”.