Mi historia personal

 
 
 
 

Mi biografia, Andrea Sucari

 
Provengo de una familia sirio- libanesa judía. Es una cultura muy cercana a la naturaleza, me refiero a un modo muy espontáneo y gozoso de relación con el mundo. Cultura y naturaleza caminan juntas, lo instintivo y necesario casi es lo tradicional. Cada uno de nosotros tuvo que recorrer mucho camino para conocer y comprender los códigos de un mundo moderno y occidental donde las relaciones son más distantes.
Mi mamá, ama de casa, después de todo un día de trabajo, cruzaba todo el largo del departamento donde vivíamos llevando un balde de agua al balcón para regar las plantas, se quedaba un rato allí arreglando y sacando hojas secas, me parecía incomprensible que continuara su tarea con su cansancio. Llegado el fin de semana pedía (lo que no era habitual en ella) a mi papá, con un gracioso grito: aire, verde y sol por favor.
Alrededor de mis 8 años compraron una quinta llena de cedros del Líbano, nogales, nísperos, quinotos. La emoción de la noche en la naturaleza y el despertar, los pájaros, los aromas, los colores, los ruidos, las frutas: todo estaba ahí para ser disfrutado y así lo hacíamos. Pero pronto supe que eso no era para todos, que la mayoría de la gente sufría. Una militancia idealizada, rica en poesía y amor me exilió en Israel.

Israel, un país para mí tan exótico, ya que nunca había recibido educación judía ni escuchado jamás hablar en hebreo. Llegué a una escuela en vacaciones de verano en medio de lo que hoy sé que es una Reserva de Biósfera pero que entonces me parecía un campo sin trabajar. Un lugar silvestre, un raro lugar en el mundo donde aparecía yo después de tanta muerte, desapariciones de amigos, imágenes de torturas y campos de concentración, tanta familia ya lejos y yo solita allí con mis 14 años. Lo conocido era que el día y la noche se sucedían interminablemente, que los árboles estaban de pie (me recordaban los de la quinta de mis papás); caminaba en principio por las noches ya que de día el calor me abrumaba. Dormía de día, pesadillas, amigos muertos, personas malas que me podían matar. Y tantos miedos de los últimos días en la Argentina se iban diluyendo en medio de las chicharras nocturnas, los desniveles del terreno (estaba al norte de Israel) a los que no estaba acostumbrada (Bs. As. queda en la pampa) y la sensación de que la vida era otra cosa más grande que todo lo que hiciéramos los humanos, incluso más que la lucha por “un mundo mejor “, más que todo lo que eventualmente podían los militares destruir. Llegaron los demás chicos con sus historias no menos duras que la mía y amé caminar por los montes con su vegetación que eran mi cobijo. Adolescencia en escuela internada, conocí los algarrobos, comíamos las vainas, batíamos huevos con azúcar. Vi salir las flores silvestres una y otra vez, la convivencia de muchas plantas como chicos de todos los lugares del mundo que llegaban a este internado sobreviviendo a sus dolores. Compartí mi dormitorio con una rumana, luego con una chica de Turquía, con una uruguaya y con otra argentina que venía a su exilio con un hermano asesinado a sus 18 años por la dictadura. El trabajo con las plantas, el sentarme cada noche en las rocas, la otra cara de la luna, otras estrellas, era la naturaleza lo único que sostenía una estructura que me permitía seguir viviendo.
Terminé el secundario en otro internado agrícola, en un plan especial para sudamericanos ya que en esos años llegábamos a Israel en cantidad. Mientras mis compañeros decidían sus carreras universitarias yo decía que lo mío era mirar el césped. Me había encontrado con algo maravilloso que no podía dejar, mi relación con la naturaleza. Me sentía responsable de mi formación como persona ya que sabía de mi juventud, decía que uno era y se formaba con lo que veía, respiraba y comía, yo quería el contacto con lo natural.
Me fui a vivir a Jerusalén y entré a trabajar como jardinera para el hotel Hilton. Mi tarea era sembrar flores y luego cosecharlas y repartirlas por las habitaciones, me parecía algo maravilloso, iba orgullosa con mis ramos y esa categoría que me daba entrar a las habitaciones con mi particular profesión.
Regresé a la Argentina y estudié la carrera de Psicología. Pero mientras pagaba mis estudios que debían ser en Universidad privada ya que no tenía el secundario argentino, conocí a mi primer gran maestro Juan Ferreres. Paisajista español, realizaba jardines en Argentina y Uruguay, recreando los paisajes que se grabaron en sus ojos en su juventud de soldado en la guerra civil española. Con él trabajé y su arte, su personalidad, su disfrute fue encontrar lo más sensible de lo humano.

Durante el segundo año de mi carrera presenté un proyecto en el Hospital Borda (Hospital Municipal de enfermos mentales agudos) que consistía en realizar huertas con los pacientes. Recién había llegado la democracia y para mi sorpresa me lo aprobaron. Me asusté enormemente, nunca lo llevé a cabo. Sólo al recibirme comencé a trabajar en huertas en otro hospital, el Alvear, también de enfermos mentales. Los hospitales en aquel entonces estaban en un estado terrible, veníamos de muchos años de abandono y eran lugares donde la muerte y la desaparición se presentaban con el deterioro de edificios, pacientes y agentes de salud.
Convencida de que mi lugar era trabajar en jardinería con pacientes fui a tres clínicas privadas. ”Vivir y Crecer”, que era para chicos autistas y psicoticos, Clinica “Las Heras” donde había pacientes drogadictos y esquizofrénicos, y un Geriátrico. Fueron tres experiencias muy interesantes. Con cada una de estas poblaciones investigaba las posibilidades de acercarlos a trabajar con la tierra.
Con los chicos fui encontrando un paso a paso de presentación de cada material. Quiero decir que para aquello que para la gente común parece una obviedad era necesario una presentación, la tierra, las piedritas, los gajos. El proceso era de reconocimiento de cada material, iban tocando, oliendo e incorporando para deshacer o hacer. En la medida que iban pudiendo conectarse con el material crecían sus posibilidades de expresión y de relación conmigo en la hora y media de encuentro en la huerta. Fue emocionante. Tuvimos una huerta, cosechamos. Sólo alguno de ellos unió el proceso de que lo producido salía de la tierra, el sol, el aire, y el agua. Pero las experiencias de cortar gajos o intentar hacerlo fueron conmovedoras. Aprendí a intentar no dar por sentado nada, incluso fue un aprendizaje para luego trabajar con escolares en forma parecida.
Con los pacientes adultos de la clínica no pude hacer demasiado ya que estaban muy medicados y dopados.
En el geriátrico fue espectacular. Los recuerdos que los ancianos tenían de haber trabajado la tierra en sus países de origen, o de haber venido del campo argentino y de una vida más cercana a la naturaleza. Se asombraban de que alguien valorizara esas experiencias que ellos habían tenido, que quisiese escucharlos y aprender de esas vivencias que ellos tenían casi olvidadas. Trabajábamos en mesas a la altura de sus sillas de ruedas, armábamos macetas que decoraron el geriátrico por todos lados y ellos orgullosos mostraban a sus parientes que venían a verlos. Hicimos regalos para familiares y sobre todo ellos crearon un vínculo conmigo muy afectivo. Me preguntaba en ese entonces si era el trabajo en jardinería o alguien que los escuchaba, acompañaba e iba a verlos una vez por semana, lo que los ayudaba en su dolor.

Mientras seguía haciendo cursos en forma privada de diseño, realización y mantenimiento de jardines y grupos de estudios de psicoanálisis, así como realizando jardines con los que me solventaba. De esta época tengo dos carpetas de literatura, poesía, apuntes de libros, historias de plantas, que aún deberé sistematizar, y que utilizaba para dar charlas en clubes, escuelas, viveros, y en un programa de radio titulado “Nuestras abuelas, las plantas” donde contaba en una radio barrial todas estas ideas, historias y averiguaciones que se referían a que los humanos somos parte de la naturaleza. Guardo un cassette con algunos programas grabados. Duraba 15 minutos cada vez.
En 1994 nace mi preciosa hija Lucia, sol de mi vida.
En 1997 abrí mi propio vivero y reuní allí mis actividades de producción de plantas, venta de plantas, diseño, realización de jardines y su mantenimiento. Dicté cursos de jardinería durante tres años y los grupos de personas cada vez me indicaban más lo terapéutico de esta actividad. Venían de escuelas y centros culturales a hacer visitas, aprendían a preparar gajos y plantarlos en macetas que se llevaban. En el 2000 debí cerrarlo ya que económicamente no me era posible seguir manteniéndolo, ya que no generaba dinero, aunque sí muchísimas satisfacciones.
Más tarde comencé a realizar los grupos de jardinería en la Casona Marco del Pont, centro cultural del barrio de Flores. Allí se consolidaron todas mis ideas acerca de lo que yo llamaba jardinería terapéutica. Escribí un artículo donde resumo mis conocimientos y experiencias de esa época (lo adjunto). Y realicé huertas con niños religiosos ortodoxos judíos de jardín de infantes y primaria en las escuelas Toranit y Yeshurum.

Conocí a mi segundo gran maestro Ricardo Barbetti, me enseñó acerca de las plantas nativas todo lo que sé en cuanto a la vegetación autóctona y adopté su filosofía de necesidad de respetar lo que la vida y la tierra provee en cada lugar. Realicé un proyecto de Ricardo Barbetti, un jardín enteramente diseñado con plantas de esta región reproduciendo los cinco ambientes naturales de esta zona. Aún no esta abierto al publico y se realizó en un predio del Museo de Ciencias Naturales donde él trabaja, llamado Paisaje Nativo y presentado como Museo Viviente.
Paralelamente presento un proyecto de “trabajo grupal en jardinería” para los pacientes que asisten al Área Comunitaria del Hospital Italiano y allí desarrollo los grupos en los años 2005/6 (adjunto constancia de trabajo en el hospital). Fue una experiencia donde acompañamos a cada integrante del grupo en su acercamiento al conocimiento de si mismos, de su naturaleza interna a través de lo que descubríamos afuera. Encontrábamos paralelos entre adentro y afuera.
Posteriormente comienzo a trabajar para la Dirección de Espacios Verdes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En el Jardín Botánico de la Ciudad de Bs. As. dicté cursos prácticos a familiares y maestros que trabajan en discapacidad con el fin de aumentar el personal capacitado para desarrollar la jardinería con discapacitados. Una vez por semana venían los muchachos con deficiencias y hacíamos jardinería y huerta. También realizaba visitas guiadas en el jardín botánico de la ciudad para todo tipo de poblaciones de personas con discapacidades tanto físicas como mentales. Luego el Gobierno de la Ciudad me envía al hospital Roca para hacer huerta con los padres de niños con enfermedades múltiples que pasaban casi todo su día en el hospital por el tratamiento de sus niños.

Actualmente estoy en el área de Proyectos de la Dirección de Espacios Verdes intentando trabajar con los arquitectos y paisajistas para proyectar las plazas de la ciudad desde una mirada multidisciplinaria. Es entonces cuando me llega un correo de los arquitectos paisajistas acerca del Seminario de Terapia hortícola en Chile. Jamás antes de viajar pensé lo importante que sería para mí este viaje. Vuelvo a conectarme con mi profesión de psicóloga desde la jardinería, apoyada y con mayor convicción de mis percepciones.