Un ser humano.

“Un ser humano... se siente a sí mismo como algo separado del resto; esto es una ilusión. Esta ilusión es como una prisión, nos limita a nuestros deseos personales y a tener afecto por unas pocas personas cercanas. Es necesario liberarnos de esta prisión, ensanchando el círculo de nuestra compasión para incluir a todo lo viviente y a la naturaleza entera.” Albert Einstein

Cada vez las ciudades son más grandes. Los espacios en las viviendas más reducidos. Los jardines de las casas son pequeños y los parques de la ciudad están cada vez más enjaulados. Para algunos el tiempo parece reducirse porque deben trabajar muchas horas para subsistir y viajar grandes distancias. Otros reducen su tiempo invadidos por las grandes pantallas televisivas, las relaciones virtuales o la información a través de computadoras. No hace falta mucha imaginación para entender que la vida del ciudadano se ha convertido en un martirio al que llaman estrés, pago por ser moderno o aspirante a no quedar fuera de la moda. Incluso el marginado pide trabajo asalariado, planes sociales de poquísimo dinero, pertenecer a toda costa a un medio que no es grato para nadie. Menos espacios, menos ocio, menos tiempo libre, menos oxígeno, menos sol.

Intentando escapar a esta situación de encierro y falta de opciones muchas personas buscan otras formas de vivir. Se van al campo, creen fervientemente en algo, resignan el sentido de su existencia en la lucha por sobrevivir o por sostener lo conseguido. Hay otros que habiendo conseguido una buena situación económica sienten que el aburrimiento los supera. No era lo esperado, han dejado todos sus deseos perdidos por el camino. Lo que intento describir es que los espacios se redujeron tanto afuera como adentro nuestro. Esta forma de vida ha invadido totalmente nuestra intimidad dándonos modelos para sentir y percibir. Un modelo hegemónico, sin espontaneidad, ni tiempo necesario para establecer conexiones, con frases hechas, y una completa exaltación del individualismo en el pensar y sentir, que aísla al hombre de los demás y reduce sus límites. En oposición a lo personal que promueve lo íntimo. Solo desde allí es posible relacionarse con otros. Los limites se van acercando, cada vez nos creamos prisiones más chicas, ya no es una ilusión, creemos que de verdad vivimos separados del resto, olvidamos que aquí, en la tierra, la vida se construye como una organización, somos parte de un universo.

Los enfermos mentales en otras épocas eran mandados al campo para su recuperación, luego fueron aislados en loqueros. Se los consideró poseídos por el “diablo” o desposeídos de sus facultades siempre se los marginó. Hoy los alienados somos todos en mayor o menor medida, ya no hace falta cercar ni echar, la ciudad es un gran loquero.

¿Qué conciencia de enajenación queda cuando no se presentan alternativas de comparación? ¿Cómo transformar una situación personal si somos parte de un todo sumergido que está sin espacio, tiempo, oxígeno, sol? Somos parte de la naturaleza, somos humanos. ¿Qué nos surgirá desde la espontaneidad? ¿Que aparecerá? ¿Podrá ser más caótico que lo que estamos viviendo? Estamos acostumbrados a oír hablar de lo salvaje como primitivo, malo, peligroso. El caos no es lo malo ni el orden lo bueno, ni viceversa. Somos y tenemos aspectos buenos y malos. Dar una oportunidad a lo más salvaje y espontáneo en nosotros nos puede traer sorpresas agradables. Abrir ciertas presiones o muros internos y dejar fluir acercando lo de afuera con lo de adentro, es decir lo que sentimos con lo que mostramos o decidimos cada día, tal vez así comienza a aparecer cierto equilibrio, el intercambio aunque incipiente comienza a producirse. Comenzamos a fluir, aparece lo natural, lo que no tiene aburrimiento, con ritmos discontinuos, azarosos, sorprendentes a cada instante para una mente despierta y que observa. Se va dejando de lado el “como sí”, aparecemos adentro de las situaciones, tal vez sin comprenderlas ya que no es el raciocinio lo que crece sino la percepción. Así como las estaciones transcurren, nosotros permanecemos, cambiamos y volvemos a retomar. Por ejemplo en otoño, el frío que comienza, las hojas que caen, los colores en las plantas, los arboles y arbustos pelados, sus troncos, sus siluetas, el paisaje, el trabajo en el jardín específico de ese momento único irrepetible y que volverá el año próximo no es obra de la literatura ni de la poesía sino que esta ahí cada día para ser admirado. El paso del tiempo no es solo el padecimiento sino también contempla la belleza oculta en la nostalgia y la experiencia.

Es a partir de esta lectura del mundo que como psicóloga y jardinera aparecen los talleres de jardineria terapéuticos para gente de ciudad. Las personas se acercan a los grupos para aprender a cuidar sus plantas. Encuentran diversidad de formas y posibilidades en ellas mismas, en otros y en el mundo. El trabajo en el jardín, en la huerta, balcón o terraza nos acerca al intercambio y por ende al cambio permanente. Encontrarse con la diversidad tanto en uno como en el grupo y en el mundo produce efectos que van más allá de aprender sobre plantas.

Es en este ámbito que aparece Ricardo Barbetti enseñándonos a reconocer los paisajes naturales de la zona de Bs. As donde vivimos. Resulta que toda la flora que se comercializa en los viveros porteños es extranjera, que aquello despreciado como yuyo es lo autóctono. Nuevamente la cultura poderosa uniformando el mundo, nuevamente la destrucción de las culturas nativas, nuevamente la matanza de lo distinto. De aquello que espontáneamente es parte de un todo, tiene un equilibrio tal que no precisa de pesticidas, abonos y podas. Resulta que la naturaleza en su espontaneidad crece, aparece, se manifiesta a pesar de los tiempos de topadoras que intentan transformarla, uniformarla, hacerla otra. Comenzar a descubrir todas esas plantas que durante años arrancamos es una experiencia extraña. Conocer que tienen nombre, flor, color formas de reproducción, que intercambian con los animales y que el todo tiene hace siglos un equilibrio sin nuestra intervención es de emoción. Tal vez nos da un sentido de pertenencia, hay una estructura que nos contiene, comenzamos a saber de donde venimos.

Las infinitas preguntas acerca de la poda dejaron espacio a otras y variadas formas de relacionarnos con las plantas. Ya no es importante cortarles pedazos, que tengan otra forma que la natural o que nos dé mejores frutos. Dejamos de creernos creadores.

Convivir con nuestra naturaleza, trabajarla desde la espontaneidad, permitiendo la diversidad es un camino de aprendizaje interno y externo que hace a una forma de vida más humana.Los talleres de jardinería que organizo en la Capital Federal son grupales. Hay clases teóricas y prácticas que realizamos en casas o espacios públicos. Algunas personas aprenden de esta forma una herramienta que utilizan como salida laboral, otras han realizado huertas para alimentar a sus familias. Sin embargo no es solo lo teórico lo que fue necesario para poner en práctica todo esto sino que hubo que transitar por un acercamiento que creó otro tipo de relación con lo natural que el que vinimos aprendiendo en esta ciudad en el último siglo.

En general se acercan al taller de jardinería porque recibieron el gusto por las plantas de algun familiar mayor y extranjero, o porque quieren aprender a cuidar sus plantas (podar y fumigar). Para quienes gustan del contacto con las plantas es absolutamente natural sentir que esto les hace bien, que es terapéutico pero no saben explicar por qué. Al confirmarles que también yo opino que es terapeutico se sienten más sueltos para comentar que el tocar la tierra y cuidar de algo vivo, es lo que les gusta, comenzamos en estas primeras charlas un camino de aprendizaje.Los temas que vamos desarrollando apuntan a: la diversidad en la naturaleza, la posibilidad de utilizar nuestros sentidos, detenernos lo más que podamos para ver, tocar, oler, comer y escuchar acerca de la naturaleza que tenemos a nuestro alrededor. Los conocimientos teóricos sólo son algunos datos que facilitan la comunicación y la sensibilidad hacia las plantas. Poco a poco las personas comienzan a prestar atención a los distintos verdes, sus tonalidades, a las hojas con sus formas y texturas, a las distintas plantas, lo muchas que son aún en la ciudad. Comienzan a prestar atención a los cambios que aparecen con el correr de las estaciones. Ya hay mucho más afuera de sí mismos para disfrutar y compartir.

Entonces aparecen las excursiones a las reservas o a las plazas. Esto enriquece al grupo en nuevas experiencias tanto entre los miembros como con el paisaje. Cada grupo tiene su historia y su forma de relacionarse, aparecen las comidas, los condimentos, lo que tiene plantado cada uno en sus casas, lo que podemos plantar en el jardín o lugar en el que trabajamos todos juntos. Es en este lugar que hacemos nuestras prácticas y nuestro cuerpo aprende a trabajar respetando sus posibilidades, limitaciones y posturas aptas para cuidar las plantas y también nuestro cuerpo.Los recuerdos compartidos, las historias de cada persona comienzan a circular inevitablemente, creando un espacio de cuidado y respeto.La tierra ya es algo más cercana, la tocamos, la olemos, diferenciamos distintos tipos de suelos, vivimos de sus productos e intentamos cuidarla separando en nuestra casa los residuos. Armamos una abonera con la basura de nuestras casas, así mejoramos la calidad de la tierra de las plantas, hacemos abono. Esto trae aparejado que estas personas toman conciencia de lo que implica consumir cosas que se reciclan y que no se reciclan. Mis ejemplos en cuanto a cuidar una planta o un gajo son paralelismos con el cuidado de un hijo, crecen solos pero necesitamos estar a su lado sin abandonarlos ni sobreprotegerlos del mismo modo que notamos los síntomas en la planta que recibe mucho o poco agua en el riego. Les cuento que a un gajo lo vamos cambiando de macetas como a un bebé de moisés a cuna y de allí a una cama, en realidad le vamos ampliando los limites poco a poco. Que aquella semilla que cae bajo la sombra materna no crece, al igual que un niño al que le hacen “sombra” sus progenitores. Es llamativo que en cada grupo a lo largo de muchos años aparece la pregunta: en qué flor se forma el fruto? Es difícil para la gente que vive la naturaleza como algo tan ajeno ver que la sexualidad en las plantas, en los animales y en los humanos salvando lo particular es común a todos. La crianza, la sexualidad, nuestras necesidades comunes de oxígeno, comida, sol, aire, necesitamos de las plantas, sin plantas solo quedaría agua y sal sobre la faz de la tierra. Incluso conocer que somos momentos de una misma historia, que tanto los animales como nosotros dependemos de esta capacidad de las plantas de absorber y crear alimento, energía, a partir de lo que reciben del medio natural. Y los intercambios entre todos los seres vivos sostienen la vida en nuestro planeta, esto repetido hasta el cansancio en nuestra sociedad suena vacío, ya que en nuestra ciudad para los chicos las naranjas vienen del supermercado. Escucho que ciertos animales se defienden imitando a otros más malos, que ciertas flores imitan a ciertas hembras animales exhalando sus perfumes para atraer a los machos que colaboraran con la polinización, miles de historias que me recuerdan actitudes humanas. Cada una de esas formas de reacción o de relación aparece en nosotros.Desde aquí el trabajo con las plantas ya no es podar y fumigar apareció un mundo del que formamos parte, al cual pertenecemos, somos parte del paisaje. Conservar la naturaleza autóctona de una zona, no es un acto caprichoso, sino que tiende a restablecer un contacto amoroso del hombre con la tierra que no se sostiene por el trabajo tortuoso de tirar venenos, podar, cortar, carpir, sino por el trabajo conjunto del reconocimiento de una región, sus animales, el paisaje. Dejar crecer el tipo de naturaleza que aparece en cada zona que es la adecuada naturalmente permite que el mundo siga vivo.Conocerse, identificarse, formar parte, pertenecer, son algunos de los tantos aspectos por los que fuimos transitando. Ya no estamos más solos. Logramos un vínculo con nuestro entorno. Tal vez ésta sea la respuesta, de por qué nos sentimos bien al trabajar la tierra.